El Estrecho de Gibraltar, enclave geográfico situado entre dos continentes y tres regiones marinas, acoge actualmente un espacio protegido de 19.000 hectáreas que integra conservación ambiental, actividad económica sostenible y un uso público compatible con la protección del entorno. Este territorio, hoy conocido como Parque Natural del Estrecho, formó parte en época romana de una red de asentamientos costeros y puertos comerciales dedicados a la pesca y a la producción de salazones, entre los que destacaban Calpe y Carteya en la Bahía de Algeciras, seguidos de Melaria y Belon, y finalmente Besippo. Estos enclaves se especializaban en el atún y en la elaboración de la salsa garum, llegando a ser tanto los últimos lugares abandonados por los romanos como los primeros que encontraban al desembarcar desde el Mediterráneo.
El geógrafo Pomponio Mela, nacido en Tingentera —la actual Algeciras— en el siglo I, describió en su obra ‘De Chorographia’ esta franja del sur peninsular resaltando su relevancia y singularidad. Ya en tiempos remotos, el Estrecho era escenario de una de las migraciones más notables del planeta: la del atún rojo (Thunnus thynnus), que recorre más de 4.000 kilómetros desde el Atlántico, donde se alimenta durante el invierno, hasta las aguas templadas del Mediterráneo, a las que llega en marzo para reproducirse. En este desplazamiento, los atunes cruzan el Estrecho dos veces al año, llegando en primavera bien alimentados y sin intención de comer, y regresando al Atlántico tras el desove, momento en que están hambrientos y más propensos a ser capturados.
Este fenómeno migratorio atrae desde hace milenios a depredadores marinos como la orca (Orcinus orca), que persigue a los atunes a velocidades de hasta 80 kilómetros por hora y trata de acorralarlos hacia la costa. El ser humano, conocedor de este comportamiento desde la antigüedad, desarrolló la almadraba, un sistema de redes de origen árabe que permite la entrada de los atunes pero les impide salir. Este método de pesca, cuyo nombre significa “lugar donde se lucha”, ha sido empleado por fenicios, romanos, árabes y cristianos en ambas orillas del Estrecho, y se mantiene en la actualidad en localidades como Conil, Barbate, Zahara de los Atunes y Tarifa. La importancia histórica de esta pesca queda reflejada en la petición de Alonso Pérez de Guzmán, conocido como Guzmán el Bueno, que solicitó el control de la pesca de atunes en Tarifa como compensación por la defensa de la ciudad.
Los primeros pobladores del Estrecho, hace más de 30.000 años, ya sabían guiarse por las orcas para conocer el momento de paso de los atunes. Observaban sus aletas negras y capturaban a los ejemplares que quedaban varados en la orilla durante las persecuciones. Este conocimiento ancestral ha quedado plasmado en la cueva de las orcas, en Zahara de los Atunes, donde una pintura rupestre representa el signo de aries, identificado con la mancha blanca dorsal de las orcas. Algunos topónimos del Parque, como Punta Carnero en Algeciras, podrían aludir a los lugares desde donde se avistaban estos cetáceos.
Además de su riqueza biológica, el Parque Natural del Estrecho alberga un destacado patrimonio cultural y arqueológico. Su localización estratégica lo convierte en un punto clave para la migración de aves, peces y cetáceos, así como en un espacio de gran relevancia científica. Incluye tres espacios protegidos: el propio Parque Natural, el Paraje Natural Playa de los Lances y el Monumento Natural Duna de Bolonia. La abundancia de aves migratorias motivó su declaración como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) en 2003. En 2012 fue designado Zona de Especial Conservación (ZEC) dentro de la Red Natura 2000 y, junto a otros espacios de Cádiz, Málaga y Marruecos, integra desde 2006 la Reserva de la Biosfera Intercontinental del Mediterráneo reconocida por la UNESCO.
El Parque cuenta con una extensión marítimo-terrestre que requiere integrar a la población residente en su gestión. La participación ciudadana y colectiva, siempre bajo la normativa, es un elemento clave para la gestión ecosistémica del espacio. La educación ambiental es una herramienta fundamental para transmitir los valores naturales y culturales del Parque, fomentando su conocimiento y defensa.
Las características climáticas del Parque Natural del Estrecho, marcadas por el predominio de los vientos de levante y, en menor medida, de poniente, así como unas precipitaciones anuales que oscilan entre 600 y 1.400 milímetros, junto con su singular oceanografía, geología y geomorfología, han dado lugar a elementos naturales y culturales de gran valor. Entre ellos se encuentran formaciones kársticas submarinas, afloramientos de flysch en el litoral, dunas cuaternarias y marmitas de gigante.
En el ámbito vegetal, el Parque alberga ocho especies amenazadas: Asplenium marinum, Allium pruinatum, Avena murphyi, Drosophyllum lusitanicum, Hypochaeris salzmanniana, Juniperus oxycedrus subsp. macrocarpa, Odontites foliosus y Teucrium bracteatum. En cuanto a la fauna, destaca la presencia de más de 34 especies de aves y movimientos migratorios que superan los dos millones de ejemplares anuales. El espacio acoge especies en peligro de extinción como el salinete, el águila imperial ibérica, la cigüeña negra, el milano real, el alimoche común, la avutarda común, la lapa ferruginosa y la pardela balear. Otras especies catalogadas como vulnerables son el buitre negro, el coral anaranjado, el rorcual común, la tortuga boba, la caracola, el aguilucho cenizo, el delfín común, el vermétido, el chorlito carambolo, el calderón común, el águila perdicera, la gaviota de Audouin, el águila pescadora, el sisón común y el delfín mular.
La diversidad de ecosistemas incluye arrecifes, lagunas costeras, estepas salinas, dunas móviles embrionarias, dunas costeras fijas y estabilizadas, alcornocales y bosques de acebuches. El paisaje, considerado un recurso de gran valor ambiental y social, ha sido históricamente modificado por la ganadería, que desde los primeros asentamientos buscaba generar amplias superficies de pastos.
En el siglo XVIII, Algeciras destacó por sus plantaciones de viñas, que daban nombre a fincas como Viña Chica, Viñalona o Cala de la Parra, y producían un vino de alta calidad. Actualmente, la vegetación de los Cerros del Estrecho está compuesta principalmente por matorral con lentiscos, hérguenes, coscojas, palmitos y acebuches. La actividad forestal ha sido relevante en el sector occidental, con repoblaciones de eucaliptos en Sierra Plata impulsadas por el Patrimonio Forestal del Estado desde 1941 y pinares de piñonero destinados a fijar las arenas costeras de Los Lances, Paloma y Camarinal.
El relieve del Parque incluye sierras arboladas como la Sierra Plata y la Sierra de San Bartolomé, ríos y riberas como el Vega, el Jara y el Valle, los Cerros del Estrecho en el litoral entre Algeciras y Tarifa, llanuras costeras, ensenadas, dunas como Valdevaqueros y Bolonia, playas como Getares, Los Lances, Valdevaqueros, Bolonia y El Cañuelo, plataformas de abrasión y fondos marinos con arrecifes, algas y praderas de fanerógamas.
El patrimonio cultural del Parque es igualmente relevante. En él se encuentran el Complejo Arqueológico de Baelo Claudia, el Oppidum de la Silla del Papa, la Necrópolis de los Algarbes y numerosos pecios en el litoral entre Algeciras y Tarifa. También destacan torres almenaras del siglo XVI, integradas en el paisaje, y bunkers e instalaciones militares construidas en la posguerra.
Para favorecer su disfrute, el Parque Natural del Estrecho dispone de un programa de uso público que busca garantizar las visitas ofreciendo información práctica, fomentando la participación ciudadana y la sostenibilidad económica. Cuenta con equipamientos como el Punto de Información de La Peña en Tarifa, el Centro de Visitantes Huerta Grande en Algeciras, una red de senderos señalizados, el área recreativa de La Peña, y una red de miradores y observatorios.