Obispo de Cádiz / Trekant Media

El Grupo Cristiano de Reflexión Acción de la Bahía de Cádiz ha realizado una aportación al Sínodo respondiendo un formulario sobre los cambios en la Iglesia para ser un 'testimonio vivo de Jesús en el mundo de hoy'.

El comunicado con las respuestas remitido a Portal de Cádiz es el siguiente:

Nuestro Grupo, que lleva funcionando con regularidad desde el año 2013; lo forman 17 personas, hombres y mujeres, todos laicos, excepto una religiosa. La gran mayoría somos o hemos sido militantes en diferentes colectivos cristianos como HOAC- MOCEOP (Movimiento por el celibato opcional), Comunidades Cristianas Populares, Comité Óscar Romero, Pastoral Obrera, Fraternidades laicas marianistas, Justicia y Paz, Caritas….

Apoyamos abiertamente al Papa Francisco y le aplaudimos su decisión de convocar este proceso sinodal que permite poder hablar sobre los necesarios cambios en la Iglesia a colectivos cristianos y a otras personas a las que normalmente no se les tiene en cuenta ni se les consulta para nada.

Hemos contestado al siguiente cuestionario, que nosotros mismos hemos elaborado, para ayudar a contestar a la pregunta fundamental del documento preparatorio del Sínodo.

CUESTIONARIO:

EN LA IGLESIA DIOCESANA, ANDALUZA, NACIONAL E INTERNACIONAL:  ¿QUÉ TENDRÍA QUE CAMBIAR PARA QUE LA IGLESIA FUERA UN TESTIMONIO VIVO DE JESÚS EN EL MUNDO DE HOY?

1.-En las estructuras eclesiales
2.-En la liturgia
3.-En la relación obispos- sacerdotes-laicos
4.-En la relación con las mujeres, jóvenes…
5.-En el compartir los bienes
6.- En su relación con la sociedad civil (mundo social, económico, sindical, político, movimientos sociales…)
7.-En su compromiso profético para denunciar un sistema económico “que mata” y rechazo a dictadores y corruptos
8.-En el nombramiento de obispos, sacerdotes y animadores de comunidades cristianas
9.- En su compromiso con los sectores más desfavorecidos de la sociedad y países empobrecidos

Y ésta ha sido la contestación del GRUPO:

 

1.- En las estructuras eclesiales.

Uno de los objetivos prioritarios de la Iglesia debería ser y caminar como Grupos y comunidades que tienen como centro a Jesús y su evangelio y se coordinan a distintos niveles, estableciendo lazos de comunión y encuentro, con la aspiración de llegar a ser una Iglesia, comunidad de comunidades.

Para caminar unidos todos a Jesús en la Iglesia, es muy necesario que se efectúen cambios muy profundos en las estructuras eclesiales, y eso es lo que creemos que pretende el Sínodo. No se puede seguir sin cambiar nada, que es la tónica que se ha venido dando en la Iglesia.

Apuntamos a algunos cambios que nos parecen fundamentales para que la Iglesia pueda ser una luz que ilumine y una sal que dé sabor evangélico. Esos cambios nos ayudarían a caminar todos unidos.

-Las actuales estructuras eclesiásticas están desfasadas, porque manifiestan un patente retroceso. En la práctica se sigue funcionando de modo muy vertical: del obispo al párroco y de éste a los fieles. Se confunde la unidad y la comunión en la Iglesia con la uniformidad, confusión basada en el fuerte clericalismo. Ambos conceptos- comunión y uniformidad deben diferenciarse en la teoría y en la práctica. 

Actualmente en no pocas diócesis, por supuesto, no en todas, el obispo es el que “ordena y manda”. En algunas diócesis, puede más la estructura que la buena voluntad de sus obispos. Por esta situación estructural y por la actitud poco participativa de ciertos obispos, solo ellos tienen voz y voto y no se hace nada sin que ellos lo ordenen. 

En algunas diócesis  los diocesanos que cuestionan sus decisiones poco evangélicas son apartados o castigados. No podemos estar de acuerdo con estos comportamientos de algunos prelados, porque pensamos que la Iglesia no debe ser una estructura de poder, sino de servicio. Vemos la necesidad acuciante de democratizar la Iglesia, volviendo a la experiencia de los primeros siglos de su existencia, cuando los fieles podían incluso nombrar y remover a los obispos y los presbíteros salían de las mismas comunidades cristianas.

En el capítulo de los laicos, consideramos que estos no desempeñan en la Iglesia el papel que deben tener. Es fundamental que puedan ejercer mucho más protagonismo, no solo siendo consultados, sino también en la toma de decisiones, de forma más democrática. Lo mismo ocurre con la comunidad cristiana, que dispone de pocos cauces de participación en las decisiones eclesiales.

Necesitamos unas estructuras organizativas sencillas, como, por ejemplo, que las diócesis sean más pequeñas. Estructurar la Iglesia en diócesis menos extensas facilitaría una relación más estrecha entre el obispo diocesano y los diocesanos; se articularía mejor la participación de los fieles en general, de los laicos en particular, de las parroquias y de las comunidades de base. Además, aligeraría la burocracia y la administración diocesana.

Para finalizar este apartado, queremos manifestar nuestra profunda aspiración de que en la Iglesia en todos sus niveles predomine  el Mensaje o Buena Noticia del Evangelio, sobre el rigorismo de leyes, normas y burocracia.

 

2.-En la liturgia

Las celebraciones de misas y otros actos litúrgicos deberían adaptarse a los tiempos de hoy, en los que  la tecnología tiene una gran influencia en las vidas y comportamientos de las personas y en la dinámica de los grupos sociales. Habría, por tanto, que reflejar más en los contenidos de las homilías las inquietudes, dificultades y aspiraciones de los hombres y mujeres actuales. Además, deben ser más breves y centradas en el evangelio, sin proclamas de tipo político, casi siempre en línea muy de derecha y conservadora.

Frecuentemente, el predicador no se atiene al Evangelio ni a sus pautas de conducta cristiana, y su proclamación queda como un acto solemne, sin consecuencias para la vida de los asistentes. A menudo utiliza el evangelio como pretexto para dar sus opiniones personales, pero sin profundizar en el mensaje.

En esta perspectiva de actualidad que proponemos y exigen los tiempos y la sociedad contemporánea, la liturgia en general (misas, bautismos, exequias, bodas...) resulta aburrida, de tal manera que significa poco o muy poco, especialmente a los jóvenes, y a la mayoría de las personas que asisten por obligación social o movidas por sentimientos familiares y de amistad. Se puede decir por la experiencia, que muchas de ellas pasan sin haber pisado una Iglesia durante años, y solo vuelven a asistir a los actos litúrgicos por repetición de acontecimientos alegres o luctuosos (una boda, un bautizo, una primera comunión o un funeral). 

Por tanto, pensamos que la liturgia debe ser renovada y actualizada, mediante la utilización de expresiones, vestimenta de los oficiantes y acólitos más sencillas. La disposición, en el espacio físico, de los asistentes a las celebraciones debe ser más circular- no un banco detrás de otro- para que todos puedan verse e intervenir, facilitando de esta forma una mayor participación.  Así se hará patente, visible, una comunidad que celebra”, en lugar de un solo “celebrante”, mientras el resto de personas que asisten al acto litúrgico colaboran más o menos.

Entendemos que los ritos, textos, celebraciones, etc., se caracterizan, en muchos casos, por una excesiva uniformidad, exterioridad, formalismo y actos repetitivos en las misas. Se echa de menos la comunicación entre los asistentes a los actos litúrgicos y el celebrante. Falta la participación de los presentes. Todos estos inconvenientes fomentan la rutina, el tedio, las distracciones, la falta de sentido y de iniciativas por parte de los fieles. 

Por el contrario, hay que dar paso a la creatividad de los miembros de cada grupo, comunidad, zona, país, partiendo de unas pautas orientativas, elaboradas en los distintos niveles de coordinación, de acuerdo con la cultura y necesidades del pueblo cristiano en cada lugar. Concretamente, las eucaristías (misas) deben impregnar la vida comunitaria de las parroquias durante toda la semana siguiente a la celebración.

En las celebraciones religiosas populares, que suelen realizarse en la calle  habría que eliminar la presencia de autoridades, militares, y policías en formación y la ostentación del lujo con imágenes tan recargadas de oro y plata, signos tan ajenos al sentido religioso y evangélico. 

En relación con el sacramento del Bautismo, estamos de acuerdo con opiniones fundamentadas por teólogos reconocidos de que se debe administrar a una edad en que los aspirantes tengan la suficiente madurez, y no a los niños, sin uso de razón, ni conocimiento de Jesús y su Evangelio desde las vivencias de una comunidad cristiana. 

A partir de este Sínodo se debe realizar una renovación litúrgica a fondo que acerque a la población a los signos y símbolos del culto. Signos y símbolos que se deben llenar de contenidos relacionados con la vida actual para una mayor comprensión de los mismos.

Consideramos que el ministerio sacerdotal no puede ser exclusivo de sacerdotes varones y célibes. En este sentido, el celibato debe ser opcional, para que puedan ser admitidos en este ministerio las personas casadas. Por lo tanto, la Iglesia ha de permitir también la opción de ejercer el presbiterado a mujeres y acceder a cualquier tipo de responsabilidad en la Iglesia, incluyendo también el episcopado. 

Vemos muy necesaria la diversificación de ministerios para las distintas presencias y formas de misión en la Iglesia universal, regional, local y en otros niveles más reducidos como las comunidades, sustituyendo el concepto de “ordenación” por el de “envío”. De acuerdo con la diversificación que citamos se pueden crear muchos ministerios pastorales que no son sacramentales u ordenados, como hacía Jesús al llamar a las personas al seguimiento: así, por ejemplo, atención a la emigración, alcohólicos, mujeres víctimas de violencia de género, personas sin hogar.

La Iglesia debe reconocer en la práctica a muchos colectivos cristianos a los que hoy mantiene ignorados o marginados. No estimamos como actitud evangélica discriminar a colectivos cristianos que llevan una trayectoria impecable desde hace muchos años, sintiéndose Iglesia, pero que, por su sentido crítico con ciertas actuaciones de la jerarquía, son excluidos. Nos referimos a colectivos en España como MOCEOP, Comunidades Cristianas Populares, Asociación de teólogos/as Juan XXIII, Revuelta de mujeres en la Iglesia, Asociación de mujeres teólogas y otras muchas organizaciones y asociaciones que se reconocen cristianas y católicas, cuya mención aquí sería excesiva.

Estos colectivos y muchos otros actualmente tienen muchas dificultades para poder reunirse en locales de la Iglesia. Como hemos dicho anteriormente, esta discriminación y otras no son nada evangélicas, por no responder a la actitud abierta de Jesús, según los evangelios, con toda clase de personas, cualquiera que fueran sus creencias, situación económica y moral. Valoramos profundamente las relaciones ecuménicas y fraternas con miembros de otras  confesiones religiosas, lo que nos da argumentos suficientes para pensar y reclamar el mismo trato para  estos grupos católicos, a los que se les discrimina y se les  niega  el pan y la sal. Las relaciones fraternas entre hermanos en la fe no pueden fragmentarse, según sean los grupos y las personas.

Habría que fomentar mucho más el movimiento de comunidades eclesiales de base que deben ser reconocidas de modo oficial por la Iglesia y no marginadas, si se quiere, como se ha repetido tantas veces, que la parroquia y la Iglesia sean comunidad de comunidades. 

-3.-En la relación obispos- sacerdotes-laicos

El sistema de los actuales seminarios hay que eliminarlos. Los candidatos a sacerdotes deben surgir de las mismas comunidades y deberían ser personas de experiencia cristiana contrastada, sea hombre o mujer, soltero o casado, a tiempo completo o parcial.

Las ropas de cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos/as deben ser como la de las demás personas. Ese ropaje extraño y de otros tiempos aleja a la gente. Jesús y los apóstoles vestían como los demás, sin distinciones.

Hay que eliminar el clericalismo en la iglesia con una participación mucho mayor de los laicos a todos los niveles y sobre todo de las mujeres, no sólo en plan consultivo, sino también decisorio.

 Como hemos referido en los apartados anteriores, las relaciones en la Iglesia (ministerios-laicos) deberían ser más horizontales. La participación eclesial, la comunión bien entendida y la corrección fraterna, que los obispos deben aceptar de sus diocesanos, son extraordinarios antídotos que evitarían el gobierno caprichoso de las diócesis, en unos casos, y el “ordeno y mando”, en otros.

Estimamos que debería haber más confianza y cercanía entre el obispo y los sacerdotes, evitando las camarillas de los adeptos al prelado y las amenazas de juicio a los críticos. 

Porque el obispo no puede ser signo de división y de miedo, sino de diálogo, encuentro y colaboración. En este espíritu de acogida y comunión con sus diocesanos, los obispos han de crear cauces nuevos de participación y dinamizar los existentes: Consejo de Apostolado Seglar, reunión de secretarios y delegados diocesanos y de pastoral, etc.  De esta forma, los hombres y mujeres laicos podrán participar más en la vida de la Iglesia. 

4.-En la relación con las mujeres, jóvenes…

Un gravísimo problema que ha de afrontar la Iglesia es la discriminación de las mujeres en su seno. Podemos describir brevemente esta situación:

 El sínodo de los obispos donde se analizan y deciden asuntos muy importantes para la Iglesia está constituido solo por hombres con poder de decisión y voto. 

El cincuenta por ciento o más de las personas que integran la Iglesia están marginadas de los ministerios eclesiales y puestos de decisión por el hecho de ser mujeres. Sin embargo, Jesús se hizo acompañar por ellas, y algunas fueron las primeras testigos de la resurrección. Posteriormente, en las primeras comunidades cristianas, las mujeres tuvieron un gran protagonismo.

El diaconado, el sacerdocio y los órganos de la Iglesia, órdenes y responsabilidades, están muy marcadas por el clericalismo, que limita la participación real del laicado, a la vez que el machismo impide el desarrollo normal de las mujeres como miembros de la Iglesia.

No hay denuncias públicas de la Jerarquía sobre la violencia a las mujeres

 Todos estos elementos de discriminación de las mujeres y otros que no explicitamos aquí por respeto a la síntesis que nos hemos propuesto en este trabajo son gravísimos impedimentos para que crean en la Iglesia los hombres y mujeres de hoy, ciudadanos y ciudadanas de sociedades democráticas, y en las que las mujeres ocupan espacios de responsabilidad, como es el ejemplo, entre otros, el número de ministras en el actual Gobierno de España.

De la reflexión sobre las dificultades y debilidades de la Iglesia que hemos expuesto aquí, reclamamos:

 Que la mujer debe tener en la Iglesia las mismas responsabilidades que el hombre, pudiendo acceder a cualquier tipo de responsabilidad (diácono, sacerdote, obispo, papa). Y por supuesto a cargos importantes y decisión en las estructuras diocesanas.  Por tanto, se deben abrir cauces para que las mujeres puedan ir incorporándose a puestos de responsabilidad eclesial. Las mujeres quieren ir empoderándose, tomando decisiones, aunque se mantenga el diálogo con los obispos.

 Toda esta participación de la mujer no se puede entender sin la participación real del laicado, en el que la casi totalidad de las mujeres están integradas, como tampoco a la inversa.

Que la jerarquía y los obispos, en particular deben denunciar los casos de violencia a las mujeres, no poniendo como pretexto de su inhibición ante el problema la negatividad que ven en la ideología de género, porque la ideología surge cuando no se afrontan y solucionan los problemas. Por tanto, proclamamos que la vida de las personas, de cualquier persona, hombre o mujer, está por encima de reparos ante las ideologías. 

Que la Iglesia tiene que acercarse a las mujeres, no para que la sirvan, sino para entender sus problemas y la cultura feminista que ha surgido de la falta de solución a esos problemas y que ha venido para quedarse.  De otra forma, siempre las tendrá en contra, porque verán la falta de comprensión, de apoyo y solidaridad de la Iglesia hacia ellas.

Insistimos en relación con las mujeres: igualdad, igualdad, igualdad.

En relación con los jóvenes:

La Iglesia está cada vez más alejada de este colectivo. Actualmente, su mayor influencia la tiene en los colegios religiosos que dirigen las órdenes religiosas o los obispados, pero cuando los alumnos terminan sus estudios en estos centros, una mayoría deja de practicar y de seguir con su vida cristiana. Hacen falta cauces para el acercamiento de los jóvenes y una mayor adecuación del lenguaje, los ritos y las reuniones comunitarias de la Iglesia a sus necesidades y comprensión de la realidad. Los problemas e inquietudes de la juventud deben estar en el centro de la vida de la Iglesia. La Iglesia ha de ser su voz denunciando las injusticias que se cometen con ellos y la falta de expectativas para el futuro (trabajo, vivienda, relaciones entre generaciones, vida afectiva, etc.).

5.-En el compartir los bienes

A nivel mundial, la Iglesia debería renunciar a ser un estado, y eliminar cargos de representatividad estatal como los nuncios, embajadores y personal diplomático, toda una compleja red de cometidos y funciones que entorpecen la labor evangelizadora de la Iglesia que no debe estar constituida como estructura de poder.

 En España la Iglesia debe desistir de los privilegios que le dan los actuales acuerdos Iglesia- Estado. Complementaría la decisión anterior el ejemplo de sencillez de los obispos en sus diócesis vistiendo como gente normal, viviendo austeramente en cualquier piso como los demás ciudadanos, abandonando consecuentemente los palacios episcopales e imitando todos, de esta manera, al papa Francisco que vive en una sencilla residencia, en Santa Marta

 Otro problema de la Iglesia de España, agravado con los años y sin voluntad de solución por parte de la jerarquía, es el escándalo de las inmatriculaciones de bienes de todo tipo realizadas durante estos últimos años. La Iglesia no puede perseguir como hasta ahora acumular edificios ni bienes, ni tampoco eludir cargas económicas por sus propiedades, como, por ejemplo, el IBI.  La Iglesia debe compartir todo lo que pueda, sin regateos, los bienes de distinto tipo: edificios, espacios, medios de comunicación, transporte, medios sanitarios, etc., salvo aquellos que necesite estrictamente para su misión evangelizadora.  No queremos decir con esto que no haya excepciones para parroquias y asociaciones de la Iglesia, que por su precariedad no puedan pagar tributos al Estado. 

Hay hoy muchos inmuebles, como pisos y seminarios y locales casi vacíos, que podrían ser cedidos, en un acto de desprendimiento evangélico, para utilidad social, o bien la misma Iglesia darle un uso social para las personas más desfavorecidas. La Iglesia debe ser pobre y para eso debe desprenderse de muchísimas de sus propiedades.

Pero la Iglesia podría ir más allá, vendiendo muchas de sus posesiones y riquezas para aliviar el hambre en el mundo y también los problemas de vivienda en tantos sitios… Las personas sin techo, los desahuciados, los inmigrantes y tantos colectivos de personas vulnerables han de encontrar en la Iglesia solución a sus problemas, aunque la responsabilidad sea de las instituciones públicas.

Para ir resolviendo todas estas deficiencias, proponemos que se invite a todas las diócesis, las comunidades, parroquias, movimientos y grupos a constituir una red de solidaridad comunitaria que ponga en el centro a las personas más vulnerables, compartiendo entre todos los entes invitados los bienes económicos y físicos de propiedad eclesial, a fin de colaborar y paliar los graves problemas de las personas desempleadas, sin hogar, desahuciadas y en situación de precariedad o pobreza.

Estimamos como muy necesario activar el Fondo de Solidaridad Diocesano, en el que participen personas, instituciones, comunidades y movimientos de la Iglesia. 

 Al finalizar este apartado, queremos recordar que la comunidad de los discípulos de Jesús, que es la Iglesia, debe estar al servicio de los pobres, impulsando sus luchas liberadoras y tratando de aliviar su sufrimiento. Ciertamente, es magnífico el papel de las Cáritas en todo el mundo y de Manos Unidas en países de misión; igual que el compromiso de muchos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos en países empobrecidos. No podemos olvidar tampoco el compromiso de tantos cristianos y cristianas en diferentes lugares, en una labor y misión permanente de ayuda a los pobres y compromiso con sus luchas liberadoras.

6.- En su relación con la sociedad civil (mundo social, económico, sindical, político, movimientos sociales…)

Los cristianos deben participar mucho más en movilizaciones populares que pretenden el cumplimiento de los derechos humanos, la justicia, la paz, la libertad, los derechos sociales y laborales, porque la Iglesia ha de estar comprometida con las causas del pueblo, optando claramente por ellas. Precisamente, para que se dé la participación popular de los cristianos y cristianas, la Iglesia ha de animar y formar a sus miembros a que participen de la vida política y social, ya sea en partidos políticos, sindicatos, instituciones y movimientos sociales laicos.

Aunque hay documentos más o menos recientes del Magisterio que invitan a la participación de los católicos en la vida pública, y de hecho se apoyó tal participación durante cierto tiempo, la verdad es que últimamente ha languidecido mucho a causa del reforzamiento de la obediencia institucional a la jerarquía, la reducción de los objetivos de lucha solidaria católica a la protesta contra el aborto, la eutanasia y los reparos a las uniones homosexuales. Han quedado así en la sombra otros problemas, principalmente sociales, que ponen nervioso al sector más pudiente y poderoso de la Iglesia que no quiere verse afectado en sus ganancias y riquezas.

También es necesario revitalizar lo que se ha llamado tradicionalmente el apostolado social de la Iglesia y el apostolado seglar. Así, por ejemplo, el apoyo a las reflexiones y compromisos de los movimientos obreros católicos- la HOAC, ACO, JOC; EPPOS, a las comunidades de base, Justicia y Paz y al movimiento Junior, como instrumento y método educativo desde el Evangelio para la inserción de los niños en la realidad en que viven (naturaleza, barrio, clase social, etc.), y que fue anulado por la Conferencia Episcopal.  Estas entidades realizan una gran labor en el campo laico, y algunas de ellas languidecen..

 La Iglesia, en su nivel jerárquico, ha de tener muy presente y dinamizar aún más los objetivos, criterios y conclusiones, del documento de la Pastoral Obrera de toda la Iglesia, que fue elaborado de forma participativa en todas las diócesis, y aprobado por la CEE el 18 de noviembre de 1994. Posiblemente, necesite de una actualización, pero es un documento muy válido para dinamizar de nuevo la pastoral obrera y del trabajo en las Iglesias locales y en toda la Iglesia.

En su relación con la sociedad civil en sus distintos ámbitos, animamos a la Iglesia a:

a) la participación, colaboración y búsqueda conjunta con la sociedad civil de soluciones a los problemas, siempre desde la óptica de los pobres y necesitados.b) a su compromiso con los sectores más desfavorecidos de la sociedad y países empobrecidos: contacto directo- amistad y atención social-, defensa y solidaridad

7.-En su compromiso profético para denunciar un sistema económico “que mata” y rechazo a dictadores y corruptos:

a)  Ejercer el compromiso profético de denuncia al sistema capitalista y crítica a dictadores y corruptos con valentía, claridad, utilizando datos y argumentos reales. 

No es misión de la Iglesia relacionarse ni colaborar con dictadores y corruptos, que al mismo tiempo - muchos de ellos- presumen de ser cristianos y dictadores. La Iglesia no puede callar en estos casos y sí denunciar públicamente, con valentía, sus injusticias, a la vez que hacerles una clara advertencia: que no pueden alardear de ser cristianos, si siguen manteniendo comportamientos autoritarios, crueles y dictatoriales. Su comportamiento y actitud debe ser igual con políticos corruptos, cuyos delitos hay que denunciar.  No digamos de los narcotraficantes y pederastas, incluidos sacerdotes y religiosos, agentes de pastoral y educadores.

La denuncia de la Iglesia en estos casos debe ser contundente, pero siempre con la puerta abierta al arrepentimiento y la restitución a las víctimas: ambas condiciones no se darán la una sin la otra.

La Iglesia no debe contemporizar con este sistema económico “que mata”, sino denunciar sus perversiones y la explotación a la que somete a la población en general y, sobre todo, al mundo del trabajo, a las personas precarias y más vulnerables. Para ello habría que dinamizar Justicia y Paz y estar atentos a la violación de los Derechos Humanos, lo que permitiría una denuncia, unas veces puntual y otra sistemática de los casos que supusieran un atentado a la dignidad y a los derechos de las personas, los pueblos y comunidades. 

Pero, para realizar esta ingente tarea, la Iglesia tiene que revisar también el grado de cumplimiento de los derechos en su seno. Ha de ser inflexible en los casos de pederastia, violación y amenazas a sus miembros en nombre de la autoridad, como abusos sexuales a jóvenes religiosas, religiosos, seminaristas y alumnos y alumnas de colegios religiosos. La Iglesia ha de reconocer e investigar estos abusos que pesan gravemente sobre las conciencias de las personas abusadas. Debe, además pedir perdón, acompañar a las víctimas, denunciar los hechos, llevando a cabo procesos de restitución, sanación y memoria del sufrimiento de las personas que los han padecido. 

-8.-En el nombramiento de obispos, sacerdotes y animadores de comunidades cristianas

El sistema de nombramiento de obispos es nefasto. Hay que eliminar el actual procedimiento por ternas.  Son las comunidades cristianas las llamadas a proponer posibles candidatos a obispos. Se ha de abrir un proceso para que las comunidades, parroquias y diócesis puedan participar en la elección de obispos, sacerdotes y animadores de comunidades cristianas. Para ello es necesario que tales procesos sean transparentes. Habría que fomentar mucho más el movimiento de comunidades eclesiales de base que deben ser reconocidas de modo oficial por la Iglesia y no marginadas. Se abrirán cauces para que las mujeres puedan ir incorporándose a puestos de responsabilidad eclesial de acuerdo con lo dicho en apartados anteriores.  

9.- En su compromiso con los sectores más desfavorecidos de la sociedad y países empobrecidos. 

Resumimos aquí algunas de las propuestas que consideramos más necesarias, entre otras, que pueden ir apareciendo en el desarrollo del “camino sinodal”.

- La Iglesia ha de denunciar las violaciones del Derecho Internacional.

- Apoyar a los países pobres en sus necesidades y reivindicaciones.

- Aplicar las enseñanzas de las encíclicas más recientes a las soluciones de los problemas de estos países.

 - Participar y mediar en los foros internacionales dando prioridad a los problemas sociales de las regiones más pobres del mundo y afectadas por los conflictos violentos y las guerras.

Grupo Cristiano de Reflexión- Acción de Cádiz y Bahía

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