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Hay historias que parecen escritas con el paso del tiempo, con la constancia de los años y con la ilusión intacta de quien nunca deja de mirar de frente a su sueño. La de Alejandro Aparicio Rodríguez es una de ellas.

Hoy, con solo 19 años, Alejandro ha asumido en solitario la responsabilidad de ser capataz principal de las andas del Beato Fray Diego José de Cádiz. Un nombramiento que no solo reconoce su compromiso, sino también un camino que comenzó mucho antes, cuando apenas era un niño y ya vivía de cerca el mundo de la capatacía con una mezcla de admiración, entrega y entusiasmo.

Y es que el destino parecía estar escrito. El archivo fotográfico histórico de Portal de Cádiz puede dar buena fe de ello. A Alejandro, ya en el Corpus Christi de 2019, con apenas 12 años, se le pudo ver junto al Beato Diego, acompañando al equipo de capataces de la parihuela. Aquel niño que caminaba cerca del paso, aprendiendo, observando y soñando, empezaba entonces a dar sus primeros pasos en un universo que sentía como propio.

Con el tiempo, su nombre también quedó unido a otro momento muy especial: fue pregonero infantil, una distinción que habló igualmente de su vínculo con las tradiciones de Cádiz y de una personalidad que, pese a su juventud, ya mostraba un cariño profundo por aquello que forma parte de la identidad de su ciudad.

Pero si algo ha marcado su recorrido ha sido su cercanía al martillo y a quienes lo han llevado antes que él. Durante años, Alejandro ha acompañado a los Hermanos Martín en sus labores como capataces. Lo hizo siendo muy pequeño, casi como un niño que juega a parecer mayor, llevando en sus manos un martillo de capataz que entonces era más un adorno cargado de ilusión que una herramienta real de mando. Sin embargo, detrás de aquella imagen entrañable ya había vocación, respeto y una forma distinta de entender la vida cofrade: desde abajo, desde la calle, desde la escucha y desde el aprendizaje diario junto a quienes sabían marcar el paso.

A ese camino se suma también su vínculo con la cofradía de la Humildad y Paciencia a la que le unen lazos familiares y, de manera muy especial, con Nuestra Señora de la Amargura, Una devoción que no le viene de paso, sino de raíz. Con los años, además, Alejandro ha acabado formando parte del equipo de capataces de la Dolorosa, un lugar donde el cariño pesa tanto como la responsabilidad. Porque una Virgen a la que se quiere desde la cuna, se mira y se cuida de una manera distinta. Y en eso, pocos pueden mimarla como él.

Hoy, aquella estampa de 2019 rescatada del baúl de los recuerdos cobra un sentido mucho más profundo. El martillo que un día agarró como símbolo se ha convertido en una responsabilidad verdadera. La responsabilidad ha recaído ahora sobre él, ya no como acompañante, ni como aprendiz, sino como capataz principal.

La designación de Alejandro Aparicio Rodríguez tiene, por tanto, un valor que va más allá del propio nombramiento. Representa la culminación de una ilusión temprana, el fruto de los años vividos junto al paso, de la experiencia ganada al lado de quienes le precedieron y de una pasión que no ha dejado de crecer.

Porque a veces los sueños de la infancia no se quedan en la infancia. A veces maduran, se hacen camino y terminan cumpliéndose. Y en este caso, se cumplen con nombre y apellidos.

El niño que soñó con ser capataz ya es capataz. Sea usted bienvenido, Don Alejandro Aparicio Rodríguez.

 


 

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