Cádiz es del Nazareno y el Nazareno es Cádiz. Irremediablemente así es. Si no, que le pregunten a aquellos presos de la que fuera cárcel vieja en el Campo del Sur desde que en el año 1870 se promulgara la Ley del Indulto. Saetas desde el arraigo más profundo del corazón de aquellos presos se cantaban en aquellas inmediaciones, hoy ya convertido en Casa de Iberoamérica. Gran acierto el de la Hermandad para que los últimos sones del Señor de Cádiz en la madrugada fueran de la marcha del teniente coronel Abel Moreno, concretamente, “La Madrugá”. Momento también de especial emoción el que se vivió en la calle Sopranis tras una interpretación a guitarra de un reducido colectivo de devotos –entre ellos, el propio Pacoli–, regalándole al Señor una estampa como la que se vivía en los años ochenta, pero de una manera diferente, aunque sí eran los que en aquellos años ya le regalaban su música tras el transitar del Nazareno en Sopranis.

Asimismo, al día siguiente, Cádiz afrontó el Viernes Santo como la jornada más sobria y de mayor regocijo de toda su Semana Santa, un día en el que la ciudad abandona el bullicio de días anteriores para sumergirse en una atmósfera de silencio y respeto absoluto. Los alrededores del centro histórico se convierten en escenario de un sentir distinto, donde el protagonismo recae en una penitencia de mayor significación. Lejos del carácter más festivo de otras jornadas, el Viernes Santo gaditano se define por la austeridad de sus cortejos y la intensidad de los momentos que se viven al paso de cada hermandad, como así fue la salida del Señor de la Buena Muerte por el dintel de la puerta principal de la parroquia de San Agustín y la candelería encendida al completo de la Virgen del Mayor Dolor. Era tan absoluta la ausencia de luz en la plaza de San Agustín, que el rostro de los fieles transeúntes se iluminaban del color de las velas. Fascinante.

Durante la tarde, también, procesionaron las últimas corporaciones, las cuales representan algunos de los pasajes más sobrecogedores de la pasión del Señor, como es el fabuloso misterio del Descendimiento, adentrándose en los metros de la calle Sagasta hacia la Parroquia de San Lorenzo. La sobriedad también del cortejo de la Hermandad de las Siete Palabras durante todo el recorrido. Admirable comportamiento de la corporación en calle –y no de algunos integrantes de la cuadrilla–. Gran saber estar y buen estreno de la figura de la Salomé tras la cruz del Señor.

 


 

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