Seguimos sin arrodillarnos ante el Santísimo tras su paso. Seguimos faltando a la cita tan importante —que es solo una vez al año— ante Dios hecho cuerpo. Seguimos sin respetar los códigos de vestimenta —como ha sido el caso de un hermano mayor de una hermandad con un sombrero durante el cortejo—, que tan importante son en la jornada del Corpus Christi aquí, en nuestra ciudad. Al final no toda la culpa va a ser del Ayuntamiento de Cádiz sobre la gestión en el día de Jesús Sacramentado.
La mañana arrancó a las 08:00 con el traslado solemne de Nuestro Padre Jesús del Milagro, titular de la Hermandad de la Cena. Acompañado por la agrupación musical Polillas y un cortejo respetuoso, el Señor fue portado desde su sede hasta un altar efímero en la calle Nueva, por Compás de Santo Domingo, Plocia, San Juan de Dios y la propia Nueva. A las 09:30, una diana floreada recorrió el casco antiguo, anunciando el día festivo. La Banda Maestro Agripino Lozano abrió paso por calles como Compañía, San Francisco y Pelota, estableciendo el itinerario de la procesión. Simultáneamente, la Catedral se llenó para dos ceremonias que marcaron el corazón espiritual del Corpus. Una eucaristía infantil —con los niños de Primera Comunión— y, a continuación, el solemne pontifical presidido por el obispo Rafael Zornoza.
Sobre las 10:45, la Custodia de plata —una joya de la orfebrería gaditana del siglo XVII— salió de la Catedral escoltada por autoridades civiles y militares, hermandades, niños, el grupo de clarineros y maceros del que forma parte Carlos de Lara —columnista de opinión de esta casa— y organizado por Juan Mera Gracia. Bandas de música como la de Maestro Dueñas o la Agrupación Musical Ecce Mater. La procesión avanzó por las mismas calles citadas anteriormente, llenas de la devoción de muchos de fieles —pero no los correspondientes como debería de ser—.
Las imágenes que acompañaron la Custodia despertaron particular admiración: el Beato Diego José de Cádiz, la Virgen de la Rosario, excelsa patrona de la ciudad, y los Patronos San Servando y San Germán de Luisa Roldán: un momento histórico para Cádiz, pues no procesionan desde 1997. Todos captando miradas gracias al buen hacer de las cofradías y a la dirección de buenos capataces, como es el caso del joven Jesús Valero. Tras el paso de la Virgen del Rosario, la banda Maestro Dueñas llenó de armonía las calles de la ciudad, y la Custodia cerró la comitiva, con el veterano José Julio Reyero a la cabeza. El ambiente fue un mosaico de lo sagrado y lo popular: calor intenso, calles atestadas, los seis altares ornamentados por hermandades, y el murmullo de los devotos que besaban rosarios y alzaban sus plegarias en un día cargado de simbolismo .
A las puertas de la Catedral, el obispo ofreció la bendición solemne y, al cierre, las imágenes emprendieron el regreso a sus templos.
Ambiente y sensaciones
La devoción se mezcló con la fiesta: familias enteras participaron en la procesión, los altares callejeros compitieron en belleza y el bullicio se fusionó con el canto de las bandas y el murmullo de los fieles. La recuperación de detalles tradicionales, como la alfombra de sal —ya presente en los días previos— aportó al evento un aire nostálgico y entrañable. Cádiz ha ofrecido hoy una celebración del Corpus Christi donde la historia, la fe y el orgullo local se dieron la mano, poniendo de relieve una de las festividades más arraigadas de su calendario. No solo se ha renovado un rito antiguo, sino que la ciudad ha reafirmado su compromiso con la cultura, las hermandades y el sentir gaditano. Pero aún queda mucho por lo que luchar para que todo vuelva a ser como era antes.
Cádiz, al paso de la Custodia, no solo celebra su fe, sino que se reencuentra con su historia y su alma: en un mundo cada vez más veloz y desconectado, quizás la mayor enseñanza del Corpus sea la de detenerse, mirar al otro y caminar juntos.
Fotos: Jesús M. López - Trekant Media
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