Cuando era pequeño siempre había una moraleja que no dejaba de escuchar en el público: la del lobo. “¡Que viene el lobo!”. Era mentira. “Ahora sí, ¡mirad al lobo!”. Otra mentira más. “¡El lobo me está comiendo!”. Y esa última, sorprendentemente, no era mentira, pues el lobo sí que había hecho acto de presencia. Y devoraba, sin importarle quién eres, a excepción de si perteneces a su manada.
La situación política en España está siendo estas últimas horas de muchos lobos asomando la cabecita por la cueva, pero sinceramente, nunca fui mucho de animales tan salvajes. Démosle un giro a todo esto y vayamos al grano: hay un elefante enorme en mitad del salón del PSOE. Se llama Santos Cerdán y todos lo ven, pero nadie quiere hablar de él. Bueno, todos menos la oposición, los socios del Gobierno, los medios… y la gente en la calle, que empieza a cansarse de que nos tomen por tontos.
Hoy, 12 de junio, hemos amanecido con un informe de la Guardia Civil que dice que Cerdán, mano derecha de Pedro Sánchez y uno de los más influyentes dentro del partido, podría estar metido hasta el cuello en una trama de comisiones ilegales. Hablamos de más de 600.000 euros cobrados a cambio de adjudicar obras a dedo durante más de diez años. ¿Y qué ha dicho el PSOE? Nada. Cero. Silencio total.
En el Congreso, mientras tanto, los gritos de “¡dimisión!” retumban desde el primer minuto. Los socios de Sánchez se enfadan, los votantes andan un poco arrepentidos y decepcionados, y los militantes se preguntan: ¿qué hacemos ahora? Dentro del partido, muchos están “en shock” —según cuentan algunos medios—, pero lo cierto es que nadie da la cara. Ni Cerdán ni Sánchez. Esperan, callan, como si el problema fuera a desaparecer solo.
Y aquí viene lo más loco: el CIS dice que el PSOE sigue subiendo en intención de voto. ¿Estamos tan acostumbrados a los escándalos que ya ni nos inmutamos? ¿O es que hemos perdido la fe en que alguien lo haga bien?
Lo que está pasando no va solo de un caso de corrupción. Va de algo más profundo: la sensación de que la política es un teatro donde, cuando cae el telón, siempre vemos lo mismo. Y eso, para una generación como la nuestra, que empieza a implicarse, que estudia para contar las cosas como son, es frustrante.
¿Lo más triste de todo esto?, que Sánchez, seguramente, siga esposado a su silla de la Moncloa, sin querer despegarse, pues no hay mayor peligro en medio de un bosque que aullidos sin saber de dónde vienen.
David Rodríguez
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