He leído novelas más entretenidas que noticias como la de que se han filtrado mensajes en línea del presidente del gobierno con Ábalos. Es que es de chismoso a más no poder si nos ponemos a pensarlo de esa manera. Dejemos un momento de lado el “yo soy de izquierdas” o el “yo soy de derechas”, esto es algo que apunta más a los valores de las personas. La política española no deja de sorprendernos, y esta vez el escándalo ha llegado por donde menos se esperaba: el WhatsApp. La filtración de mensajes privados entre Pedro Sánchez y José Luis Ábalos ha abierto una ventana poco habitual a los entresijos del poder. Lo que debería haber sido un canal de comunicación íntimo y operativo se ha convertido en un escaparate incómodo de opiniones crudas, juicios personales y estrategias cocinadas a puerta cerrada.
Lo primero que me viene a la cabeza es lo humano que resulta todo esto. Ver al presidente del Gobierno llamando “hipócrita” a un compañero de partido o mostrando recelos hacia sus propios ministros no me escandaliza tanto como me recuerda que, en el fondo, los políticos también son personas: con sus fobias, con sus favoritismos, y con sus momentos de desahogo. Eso sí, una cosa es ser humano y otra muy distinta es olvidar el cargo que se ocupa. Porque cuando uno es presidente, sus palabras —incluso las escritas en privado— pesan el doble, y dejan huella. Me cuestiono, más que el contenido en sí, el hecho de que una conversación privada acabe en manos del público. No por proteger a Sánchez, sino porque si normalizamos este tipo de filtraciones, todos estaremos un poco más vigilados y un poco menos libres. Si cualquier conversación puede ser usada como munición política, ¿quién se atreverá a hablar con sinceridad dentro de su equipo?
Y sí, hay cosas feas en esos mensajes. Hay desprecio, hay cálculo, hay poca empatía en momentos clave. Pero también hay algo de verdad, y eso es raro de encontrar en los discursos públicos. ¿Es deseable? No. ¿Es real? A la vista está. Lo que esta situación ha dejado claro es que hay mucho postureo en la política de hoy. Los discursos van por un lado, y los pensamientos, por otro. Y aunque eso no es nuevo, verlo tan claro en un pantallazo de WhatsApp nos obliga a replantearnos el juego entero. Yo mismo pensaba que los mensajes privados eran terreno sagrado, incluso en política. Pero después de leer lo que se ha leído, no estoy tan seguro. Y seguramente, a nuestro presidente le queden aún unos cuantos cambios de opinión también con esto.
En un país donde tras una Dana, homicidios sin resolver como los de Marta del Castillo o la hambruna, nos importan más unos mensajes de textos que, para nada, perjudican el proseguir de España.
David Rodríguez
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